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Boletín
electrónico de septiembre- 2005 |
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IWMC
World Conservation Trust |
Editorial de Eugene Lapointe
¿Que
es lo que las comunidades aborígenes esperan del Estado y del público en
general? A pesar de su aparente complejidad, creo personalmente que la respuesta
es simple: respeto. Estas comunidades merecen el respeto de los Gobiernos
centrales y de los ciudadanos que eligieron a esos funcionarios.
En
principio, mi respuesta puede parecer simplista, ya que seguramente estas
comunidades esperan respuestas a temas importantes como el reconocimiento al
dominio de sus tierras y cursos de agua - patrimonio histórico irrenunciable -,
el acceso irrestricto a los recursos naturales de sus tierras, autoridad sobre
la explotación del subsuelo de sus dominios, sin olvidar el reconocimiento de
sus derechos ancestrales, tan a menudo vapuleados.
No obstante, deseo insistir que en que todas
estas demandas tienen como común denominador el respeto, o más precisamente,
la falta de respeto de la que las comunidades aborígenes son víctima por parte
de los Gobiernos, las agencias multilaterales de cooperación y de las
industrias extractivas. Si cualquiera fuese el Gobierno respetara los derechos
de los pueblos originarios sobre sus tierras, pues no otorgaría la exploración
de petróleo o gas de esas tierras sin antes emprender un proceso extensivo de
consultas con esos pueblos, otorgándoles el derecho a participar en el
desarrollo de esa exploración y el poder de control sobre el origen y
desarrollo de esos emprendimientos. No hace falta aclarar, en este contexto, que
si los pueblos en cuestión desaprueban ese tipo de propuestas de explotación,
pues no habría nada más que hacer. Un proceso de consulta no tendría sentido
si el derecho de una de las partes a rechazar una propuesta no es respetado.
Es triste reconocerlo, pero generalmente la
relación entre un Gobierno Nacional y los pueblos originarios siempre se ha
caracterizado por la falta de respeto del primero hacia el segundo. De manera
similar, las agencias multilaterales de desarrollo, tales como el Banco Mundial
y el Banco Interamericano de Desarrollo, a menudo concluyen que la sabiduría de
sus funcionarios, educados en las mejores instituciones que pueda ofrecer la
civilización occidental, es palabra santa. Contrariamente a la realidad, estos
individuos sostienen que la sabiduría es patrimonio de la cultura occidental y
del mundo desarrollado. Desde su arrogancia ellos se preguntan por qué
deberían escuchar a los "nativos".
Sospecho que muchos de nosotros sabemos
exactamente por qué estas agencias multilaterales deberían pasar más tiempo
con las comunidades aborígenes: porque muy a menudo los proyectos denominados
"de desarrollo" que estas agencias financian terminan siendo
verdaderos desastres ambientales de polución, muerte y degradación, que dejan
escaso o nulo beneficio económico, educativo o cultural a las comunidades
nativas afectadas. Habiendo dicho esto, debo reconocer lo que merece ser
reconocido: aplaudo al Banco Mundial y demás instituciones comerciales por
haber reconocido sus pecados, aun después de tanto tiempo, y por haber adoptado
los Principios de Ecuador que permitirán gobernar el financiamiento de futuros
proyectos. Si estos Principios se ponen en práctica - todos sabemos que estos
compromisos retóricos no siempre se mantienen intactos cuando llegan a la etapa
de implementación - podrían revertir las numerosas décadas de malas
prácticas llevadas a cabo por esas mismas agencias multilaterales que
supuestamente deberían ayudar a los países más necesitados.
Sin embargo, sería negligente de mi parte
considerar que la única amenaza que pesa sobre los pueblos nativos es aquella
de los bancos y las industrias. Muy a menudo las mismas organizaciones no
gubernamentales que dicen proteger el medio ambiente y a las comunidades
aborígenes, se arrogan el derecho de determinar por sí solas las prioridades e
intereses de esos pueblos. Por ejemplo, la caza de focas en Canadá, una
actividad que ha proporcionado sustento a la comunidad Inuit del Canadá durante
muchos años. Antes que la caza comenzara, el año pasado, un grupo de
activistas de ONGs abandonó sus oficinas en Washington DC y se dirigió hacia
el Norte para protestar, y de ser posible detener, la caza. ¿No se les ocurrió
antes consultar al pueblo Inuit acerca de la caza? Tal como lo mencionara antes,
todo está relacionado con el respeto, o en este preciso caso, por la falta del
mismo.
Cuando el gobierno del Reino Unido se dirige a
las naciones africanas intimándolas a que detengan el consumo de carne
silvestre ¿no les recuerda a una vieja institutriz que ordena a sus alumnos las
tareas que deben hacer? ¿Cómo se sentirán los ciudadanos de Botswana,
Zimbabwe, Namibia y Sudáfrica cuando las ONGs del primer mundo los instigan a
que no vendan sus existencias de marfil - más allá de que provengan de
excelentes programas de conservación- para financiar esos programas? Es
increíble que este tipo de decisiones no se originen en Gaborone, Harare,
Windhoek o Pretoria, sino en el mismísimo Londres o Washington.
Nadie mejor para administrar la fauna y la
flora silvestres y demás recursos naturales que las comunidades aborígenes que
cohabitan con esos recursos. Estos pueblos han vivido en esas tierras durante
siglos y nunca experimentaron problema alguno con la sustentabilidad de su
estilo de vida, hasta el momento en que perdieron el control sobre esas tierras
y sus recursos. A esos gobiernos, industrias, bancos y ONGs les digo: denle a
los pueblos originarios ese regalo que ustedes están en condiciones de brindar.
El Respeto. Y el derecho a manejar sus recursos como lo han hecho desde tiempos
inmemoriales. 
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