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Boletín
electrónico de octubre
- 2005 |
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IWMC
World Conservation Trust |
“La diversidad de la vida en
América Latina:
desafío y compromiso”
Lic. María Mercedes Puló
Catedrática de la Universidad de Salta, Argentina
Introducción
Un
encuentro con el mundo de la vida, sin la mediación de las teorías y las
prácticas que los seres humanos han legitimado en el tiempo para entregarnos un
mundo herido y mutilado, nos brinda un modelo arquetípico que reclama una
reconsideración hermenéutica, que nos permita rescatar los valores que ese
mundo encierra y ofrecernos pautas de conducta para que vivir adquiera sentido.
La definición que, a través de símbolos, nos
llevó a descubrir las lecciones que encierra la vida y las características
distintivas que los seres humanos compartimos con todos los vivientes, dice: “
La vida es una sinfonía existencial que se ha creado a sí misma y a sus
instrumentos (evolución); que se toca a si misma (conservación ) ; y que se
expresa en nuevas variaciones y orquestas hechas por ella misma (reproducción)
” (Delfino, R. 1971).
La definición nos lleva a deducir que los
vivientes son organismos, lo que significa que sus partes no están yuxtapuestas
sino interrelacionadas y destinadas a actuar en función del todo (sinfonía
existencial); en consecuencia, responden a los estímulos no por lo que éstos
son en si, sino por lo que representan para el todo (espontaneidad). La más
alta expresión de esa espontaneidad compartida está en la libertad humana.
Asimismo, los seres vivos tienen la capacidad innata de realizarse, de
desarrollar sus potencialidades (evolución), lo que supone inmanencia,
propiedad de producir un efecto que se expresa en el mismo, una de cuyas
operaciones es el activo mantenimiento de sí como totalidad (conservación).
Por último, aunque resulte paradójico, la inmanencia coexiste en los seres
vivos con la capacidad de trascendencia, y ésta se manifiesta en la activa
realización de sus propiedades y dinamismos vitales en otro ser
(reproducción), lo que convierte a los vivientes en “centros dinámicos
existenciales”, a partir de los cuales despliegan sus riquezas a otros seres,
comunican algo de sí, son capaces de trascender, por ello: “vivir es hacer
vivir”.
Necios y sabios en el mundo del mundo de la
vida
"La única patria extranjero, es el mundo
que vivimos”, es la sentencia que eligió el sirio Meleagro de Gádara (-100
a.C) como epitafio de su tumba, para recordarnos que, "el mundo" es
consustancial a la existencia de todos los seres vivos, no solo del género
humano. Asimismo, si el mundo es "la única patria" donde a los
vivientes les está dado desplegar su existencia, su autor indica al mundo como
único origen de aquellos. El origen es “patria” que atesora un capital
inconmensurable de riquezas de distintos órdenes, con las cuales cada uno de
sus hijos, en su especificidad, se mantienen conectados a través de lazos
materiales y/o espirituales que constituyen verdaderas arterias por las que
fluye la sangre de su esencia, de su identidad, de sus potencialidades. En
nuestra América, los pueblos aborígenes reconocen y exteriorizan esa radical y
originaria pertenencia a la tierra, como se manifiesta en las estrofas del
anónimo náhuatl que transcribimos: "Solo vinimos a dormitar, sólo
vinimos a soñar; no es verdad, no es verdad que vinimos a vivir en la tierra”.
En tanto Meleagro, con su epitafio se propuso
advertirnos : ¡ no pases por alto: los
"preceptos esenciales de la vida”, aquellos que compartes de manera
innata y necesaria con tus coterráneos y compatriotas (todos los vivientes); y
no te engañes al absolutizar las diferencias que tienes con cada uno de ellos,
mira que cortar amarras con tu origen te privará de los nutrientes sustanciales
y gratuitos de la vida a la que estás ordenado, para ganarte una existencia
estéril, yerma, desolada!
En sentido semejante, una mujer andina
contemporánea, María Guacho , de Río Bamba, Ecuador en un reportaje que le
realizaron con motivo de los 500 años de la llegada del español a éstas
tierras, manifestaba: "La tierra para nosotros es madre porque de ella
nacemos, de ella nos alimentamos, en ella vivimos y a ella volvemos.....para los
extranjeros la tierra es objeto de comercialización, ellos no tienen conciencia
de lo que la tierra significa, ellos quieren vender y comprar a su madre, acabar
a su madre, exterminar a su madre, hacer lo que quieren con su madre. Para
nosotros, la tierra es nuestra Madre"
Si la tierra es patria y madre de los
vivientes, éstos son compatriotas, coterráneos, con lo que se atestigua la
hermandad esencial de los vivientes, más allá de las diferencias de grado, de
género o de especie. Esa familiaridad solidaria entre los vivientes para el
aborigen de América fue y es una práctica existencial, como cantaba el
anónimo poeta náthuatl: Y ahora, amigo
míos, escuchad…cada primavera nos vivifica; la dorada mazorca en ciernes nos
da luz,…¡Sabemos que nos son fieles los corazones de nuestros amigos!
Sorprende que tanto el sirio del año 100 a.C,
como María Guacho, mujer actual y humilde de los Andes, hayan escogido la misma
palabra para denunciar una relación trastornada de algunos seres con la tierra,
los compatriotas y los coterráneos. La palabra "extranjero", quiere
decir "extraño", "foráneo", "ajeno"; en este
caso se trata de alguien extraño a la familia de la vida.
María y los suyos que experimentan la
solidaridad del mundo de la vida viviendo, y lo manifiestan con fe: "¡
Sabemos que nos son fieles los corazones de nuestros amigos!";
consideran enemigo a quien mancilla a la madre tierra, arrebata a sus hijos y
carcome su estructura orgánica, desplegando una existencia antivital y
aniquilante para el todo; éste sujeto es entonces inmoral y antiético.
El compromiso ético de la humanidad con la
biodiversidad fluye con naturalidad sorprendente en la existencia de los hombres
y mujeres de nuestra América Profunda. Para éstos seres humanos, el espacio
biológico contiene lo que hemos llamado "preceptos esenciales de la
vida", que se ofrecen, en su inconmensurable plasticidad, a la libertad
humana como cimiento (etosfera), para alzar desde allí la cultura, como una
amplia morada que cobije armónica y solidariamente a los compatriotas (el
género humano), y los coterráneos (todos los vivientes).
Resulta paradójico que entre los seres humanos
se llamaron "bárbaros" a quienes supieron, sin abdicar de su
libertad, mantenerse fieles a su esencia y construir una cultura arraigada,
solidaria, sustentable. Mientras los que se autodenominaron
"civilizados", con la ambición de Fausto intentaron “alcanzar los
más altos conocimientos, el poder mágico y la juventud eterna”, como lo
señala Eduardo Gudynas , y terminaron vendiendo su alma y el alma de la
naturaleza al diablo, para convertirse en condenados de un mundo infernal.
Desde ese infierno, los faustos aspiran
rescatarse y reinstalarse en el mundo de la vida, regresar a ella como el Hijo
Pródigo del evangelio, pero para lograrlo necesitan de los
"bárbaros" y de sus espacios vitales, entre los que se encuentra
Latinoamérica.
La diversidad de la vida en Latinoamérica:
seduce a los extranjeros y exhorta a los nativos a asumir un compromiso
responsable.
América Latina a pesar del
"ecocidio" de su fauna, bosques, aguas y tierras, sigue siendo uno de
los espacios más ricos del mundo en biodiversidad, un legado natural y cultural
que hemos recibido de nuestros antepasados y debemos conservar para entregar a
sus sucesores por una obligación moral de “equidad generacional”. La
diversidad de la vida en Latinoamérica, convierte a ésta, para los “extraños”
en lugar atrayente como purgatorio de sus conductas pasadas con su medio natural
inmediato, o refugio de sus existencias ante la orfandad de un mundo habitable;
en tanto, los “nativos” nos descubrimos con el futuro de la propia vida en
nuestras manos. En la encrucijada, muchos de los latinoamericanos vivimos con
vehemencia la tensión entre la seducción que ejerce nuestro mundo y nosotros,
a “otros”, y el deber irrenunciable que tenemos con él como patria de
todos. Frente a ésta experiencia acuciante se nos abren distintos
interrogantes:
¿ La conservación de la naturaleza y la
biodiversidad demandan necesariamente un retorno a la vida tribal y de
autosubsistencia?;
¿ Se justifica el desarrollo sustentable de
los recursos naturales y la biodiversidad con independencia del desarrollo
social sustentable?;
¿ Es posible el desarrollo sustentable de
los recursos naturales sin violar el principio de equidad generacional?.
Al tratar de responder éstos interrogantes nos
encontramos con distintas teorías de diversos orígenes, infinidad de proyectos
y foros, pero escasas acciones. Creemos que el paso de la teoría a la acción
no se dará nunca, a menos que nativos y foráneos abandonemos el
antropocentrismo que nos ubicó un día como núcleo de la vida, y a los otros
vivientes les asignó el papel de subordinados nuestros. Una conducta ética con
el mundo de la vida significa salir del espejismo de creernos únicos y actuar
desligados de los otros seres vivos, y reconocer dos verdades esenciales: la
multiplicidad de la vida y la interdependencia irrevocable entre los vivientes.
Los seres humanos al poseer inteligencia y libertad, tenemos la responsabilidad
de elegir nuestra conducta y estimar sus consecuencias para la estabilidad,
seguridad, armonía y conservación de la diversidad del mundo.
De lo dicho parecería desprenderse que la
conservación de la naturaleza y la biodiversidad demandan necesariamente un
retorno a la vida tribal donde los seres humanos son una prolongación de la
naturaleza y conviven en idílica armonía con los otros vivientes y las cosas.
Esta propuesta encierra cierto “macondismo”, al que Brunner caracterizó
como la sublimación enmascarada de la soberanía absoluta, insobornable y
misteriosa de la naturaleza en Latinoamérica, que es fruto de la creación
literaria, apropiada como la única, exacta y esencial realidad de nuestro
mundo. “Macondo – dice Brunner- ha llegado a ser una contraseña
para nombrar… también para recordar aquello que queremos decir soñando
cuando `ya no somos lo que quisimos ser´”. Los adherentes y secuaces de
éste “macondismo”, son los defensivos hijos pródigos, desahuciados de la
tierra, nostálgicos del paraíso perdido, que necesitan redimirse, purgar los
pecados de su vida pasada, a costa de colocar a los seres humanos de “macondo”,
como una especie exótica que adorna el paisaje extravagante del que forma
parte. Estos “macondistas”, no se hacen cargo que con su actitud interceptan
el potencial proceso vital que nuestro ecosistema, aún, está en condiciones de
actualizar, de hacer realidad.
Esta postura contiene un particular dogmatismo
raciocéntrico, que intenta imponérsenos de manera autoritaria y verticalista,
en la medida que jerarquiza la conservación de los recursos naturales y la
biodiversidad, soslayando la situación de millones de seres humanos sumidos en
la pobreza.
La postura opuesta a la señalada en el
párrafo anterior, con tantos adeptos como la primera es: mercantilizar los
recursos naturales y la diversidad de la vida como único camino posible de
conservación y desarrollo sustentable. Sus seguidores parten de un error
esencial, tal es considerar que el acceso a los recursos naturales debe hacerse
en carácter de propiedad: individual, comunitaria, privada o pública, con los
atributos, teóricos y prácticos que le son inherentes. Este equívoco lleva a
convertir a los recursos naturales y la biodiversidad en objetos manipulables o
mercancías.
Si los recursos naturales y la biodiversidad
constituyen un patrimonio gratuito que nos es confiado en custodia temporaria
para entregarlo a las futuras generaciones, no cabe pensar, discutir, ni mucho
menos acceder a los mismos como propiedad, en ninguno de sus sentidos. Una y
otra postura son las trampas de los Faustos contemporáneos que tienden a
reproducir la misma estrategia de su vuelo, hoy, frente al tema de la
biodiversidad. Nosotros creemos que apostar al desarrollo sustentable de los
recursos naturales y la biodiversidad en equilibrio con el desarrollo social
sustentable, no implica necesariamente caer la mercantilización, sino asumir la
función que nos corresponder de conducir el proceso dinámico de crecimiento y
realización del medio natural y vital que habitamos sin excluir su dimensión
social. ¿ Es que no somos capaces de asumir nuestro cargo en el mundo de la
vida, con imaginación, sensatez, prudencia y ecuanimidad, para instaurar una
cultura de “ecoeficiencia” , que sea capaz de derrotar a la vigente del
lucro individual?
Terminamos con unos versos que Monseñor
Enrique Angelelli, escribió en Roma en 1974: “ Mi tierra esta preñada de
vida; en esta noche de dolor; esperando que despunte el alba; con un nuevo
hombre, Señor” . 
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